viernes, 7 de abril de 2017

Nico

Viniste
y no te fuiste hasta que te matamos.

Cuando yo llegaba a casa
tú venías
como si no hubieras estado allí hasta ahora
y ronroneabas
contándome qué se yo… las pestañas,
mientras me olisqueabas
y me decías “hola”.

Jamás venías, en cambio,
cuando me iba.
Habías comprendido perfectamente
la promesa implícita
en cada uno de mis besos:
que siempre
siempre volvería.
Volvería a mi hogar: tú.
Volvería a suplicarte abrazos
para curar mi herido corazón,
volvería para impregnarme de tus pelos
porque eran mi mejor vestido,
volvería para compartir la cama
con quien amo
y susurrarte buenas noches
con una sonrisa cansada
-y, sin embargo, de las mejores
que he podido esbozar-,
volvería porque me aterrorizaba
la posibilidad de que sintieras
por un jodido segundo
el corazón vacío,
abandono,
soledad;
volvería por si querías jugar
o mirarme,
o que te abriera la ventana
para que olisquearas el aire.
Para que olisquearas el aire
como me olisqueabas a mí
hasta que te matamos.

Porque el mundo, mi amor,
ya no podía respirarte.
Y un mundo que no puede respirarte
debe irse a la mierda
pero no contigo dentro.

Ahora que eres un ángel: vuela.
Yo seré tu aire.

jueves, 2 de febrero de 2017

La próxima salida...

Sentía la líbido tratando de prenetrarle cada célula. No era sexo exactamente lo que ansiaba, más bien el morboso contacto humano. Pensó en cuando él la había excitado mediante susurros en aquella ciudad extraña. Eso nunca había sucedido, pero le había provocado una sensación tan real, que deseaba que así fuera. Quería comprobar si podía ser real. Ojalá le tuviera cerca.  Tal vez se abalanzaría sobre él en el mismo tren, besándole en la boca y restregándole las piernas en las suyas, empapados por las miradas de los demás pasajeros. ¿Qué harían esas miradas sino potenciar el placer de la situación? 
Se imaginó que, tal y como estaba, no llevaba bragas. Sentada con las piernas ligeramente separadas, con falda. La chica de enfrente, por mencionar a alguien, podría ver el vello negro y esponjoso de su pubis, quizás alguna parte de sus labios vaginales. Ella disimularía, fingiendo no importarle ni ir así, ni que otras la miraran; pero sentiría un profundo placer, una agradable sensación de cosquilleo  en su entrepierna que no haría sino alimentar el deseo, volviéndolo desenfrenado, haciendo que la líbido golpeara sus células hasta romperlas.

jueves, 5 de enero de 2017

Menuda boca tienes

Menuda boca tengo:
unos labios,
unos pocos dientes…
Y lo peor
es que no está cerrada
en absoluto.
Mas bien pudiera
carecer de lengua,
pues pocos son lxs que
mi idioma entienden
(o eso me parece).

A menudo visto diferente,
con ropa que ni siquiera a mí
me gusta,
solo para demostrar que
a) las apariencias son
una caca de elefante y
b) cómo me vean los demás
no tiene por qué afectarme.
Pero, sobre todo,
es una forma de asegurar
que guardo un parecido igual a cero
con aquellas personas que desprecio
(pues no lo guardo con nadie).

¿Llamar la atención?
Sí, claro.
Sobre el derecho a la individualidad.
A salir a la calle
con un pijama de patos
si a una se le antoja
antes de acostarse.

Menuda boca tengo.
Resulta que si hablo
no sube el pan
pero falto el respeto.

martes, 3 de enero de 2017

La escuelita

A mí nunca me enseñaron
de dónde vienen las lentejas,
y sin embargo tuve que estudiar
una ingente cantidad de reyes
que no me interesaban para nada
(aún hoy
lo único que me interesa de ellos
es que desaparezcan.
Pero que no se lleven
el roscón).
A día de hoy,
si mi dedo gordo
decide asomarse a través
del calcetín
tengo que tirarlo
porque tampoco me enseñaron
a coser
en ese lugar llamado escuela.
No me contaron que hay cremas
que pongo sobre mi piel
que tienen ingredientes
que matan.
Tuve que aprender yo sola
la lógica del sistema electoral,
y eso que estamos
en lo que llaman democracia.
En general,
a pensar me ayudaron poco,
y tuve que aguantar
día tras día
la insoportable competición
por unos mediocres resultados,
además de una horda de muchachxs
crueles e incivilizados.
Lo que sí les agradezco
-y esto
no me queda otra que reconocerlo-
es haberme instruido
en el noble arte de leer
y escribir.
Actualmente
no sé soñar de otra manera.
Y donde digo sueño digo
adiós mundo,
hola preciosa irrealidad.

viernes, 2 de diciembre de 2016

Algunas revelaciones

Otra vez aquí.
Escribiendo.
Esta vez en el reverso
de los análisis que me mandó
el otro día
el ginecólogo.
Me dijo que no tenía nada:
ni cáncer,
ni ladillas,
ni vergüenza...
Nada.
Lo que quiero decir
es que me gusta
reciclar.
Por eso cambio más
de sentimientos
que de bragas.
Ya no sonrío
por no tener que dar
explicaciones.
Un ejemplo:
ayer bajé a la frutería
a por manzanas
y me dijeron:
“solo nos quedan dientes”.
Póngame un par
de ellos - concluí.
Así que aparecí por casa
con dos kilogramos
de incisivos.
“Para que luego digan
que la vida no es
improvisada”
le comenté a mi madre.
La pobre no pudo más
que darme la razón
y luego
me soltó lo de siempre:
“saca al perro
y no vuelvas por aquí”.
En ese instante me pareció
que tenía la cara
del icono de la caca
del whatsapp,
de modo que rompí a reír
y se enfadó.
Lo que quiero decir
es que las cosas relevantes
no están en los poemas.

martes, 22 de noviembre de 2016

Vinieron a llevarse nuestros árboles

Vinieron a llevarse nuestros árboles
y no dejaron nada.
Un día
un recuadro de tierra sobre la acera
donde no recordábamos
que hubiera habido algo
(porque también
nos robaron la memoria).
Otro día
murmullo de gentes agrupadas
mirándose entre ellas
pero no a nosotros,
invisibles,
mirando desde lejos.
Y al fin,
no sé cómo pasó,
nos encontramos sin sombra
y apenas el oxígeno nos daba
para comunicarnos las unas y los otros.
“¡Se acabó, se acabó!”
gritaba don Eugenio.
“Vinieron
pero no les vimos”
decía la Lola.
“¡Fueron ELLOS!”

Buscamos por los barrios
las ramas que habíamos tenido
solo porque nos resultaba extraño
no tenerlas.
“¡Son nuestras!”
Se nos pelaba la voz
en cada grito.
Pero por primera vez
las vecinas y los vecinos
conseguimos unirnos.
“Mira que si nos hubieran hablado
de los árboles
nuestros padres...”
De pronto un niño
se atrevió a decir
que su abuelo le había hablado
de las hojas.
Entonces
-no sé cómo pasó,
pero creo que a todes
les sucedió lo mismo-
sentí que florecía en mí
como una antigua semilla de recuerdo.
“¡Lo sabíamos!” gritó alguien.
“SABÍAMOS que estaban allí”.
Pero ya no podíamos hacer nada.
Regresamos a nuestra calle hueca.
Los señores de la mañana
habían olvidado sus metros
sobre el suelo.
Subimos cada cuál a nuestra casa
y al ratito,
sin decirnos nada,
bajamos con las manos
cargadas de semillas
y las depositamos en cada cuadro
abriendo con amor los agujeros
que luego volveríamos a cerrar.
Nos prometimos cuidarlos
de ahora en adelante
nos prometimos cuidarnos,
caminar con los ojos más abierto,
hacer más caso a nuestros niños…
Al menos don Eugenio
se quedó más tranquilo.